El pensamiento empático y analítico son, al menos hasta cierto punto, mutuamente excluyentes en el cerebro.
¿Cómo puede ser tan insensible el directivo de un banco o el presidente del consejo de administración al sufrimiento que pueden causar entre sus clientes o trabajadores cuando toman sus decisiones? Un estudio muestra que incluso las mentes más inteligentes pueden ser seducidas por una historia sentimental. En esos casos cuando la parte del cerebro encargada de procesar las emociones toma el control suprime la parte dedicada al pensamiento analítico. También puede ocurrir al revés y que un directivo despida a parte de su plantilla aunque la empresa no presente pérdidas sin tener en cuenta el drama que pueden vivir los que son despedidos. En este caso sería la parte fría y analítica de su cerebro la que tomaría el control y reduciría la habilidad de apreciar el coste humano de sus acciones. En reposo nuestros cerebros oscilan entre la red neuronal social y analítica. Pero cuando se les presenta una tarea los cerebros de individuos sanos eligen la red cerebral más apropiada. Ahora un estudio muestra por primera vez que tenemos limitaciones a la hora de presentar habilidades empáticas y analíticas a la vez. Además sugiere que la teoría establecida que propone esta competición entre distintas redes cerebrales debe ser revisada y proporciona pistas sobre las diferencias de funcionamiento entre mentes sanas y enfermas. Según Anthony Jack (Case Western Reserve) el pensamiento empático y analítico son, al menos hasta cierto punto, mutuamente excluyentes en el cerebro y que esta es la estructura cognitiva con la que hemos evolucionado. En estudios previos se mostró que estas dos grandes redes del cerebro están en tensión y compiten entre sí, pero se han propuestos diferente mecanismos para dirigir esta tensión. Según una teoría la red en funcionamiento está directamente involucrada en la tarea mientras que la otra simplemente vaga. En la segunda teoría una red se dedica a atender el exterior mientras que la otra atiende el interior. Los nuevos hallazgos sugieren que los mismos fenómenos que determinan este tipo de problemas se dan cuando miramos la típica ilusión óptica del pato-conejo. O bien vemos un conejo o bien vemos un pato, pero no vemos ambos a la vez. Esto se da porque ocurre una inhibición neuronal entre las dos representaciones. Según Jack lo que se ha visto en este nuevo estudio es algo similar, pero a una escala mucho más amplia. Han podido observar inhibición neuronal entre la red cerebral encargada de la parte social, emocional y moral y la red encargada del razonamiento lógico, matemático o científico. En este estudio se solicitó a 45 adultos voluntarios resolver 20 problemas presentados en vídeo y 20 escritos. Estaban diseñados o bien para mantener ocupada a la parte social o bien para mantener ocupada la parte analítica del cerebro, reprimiendo la opuesta. Estas tareas estaban planteadas para ser completadas en turnos de 5 o 10 minutos y había periodos de descanso. La actividad cerebral de estos voluntarios fue vigilada por un sistema de resonancia magnética nuclear (RMN). Sus respuestas se debían circunscribir a contestar sí o no en un plazo de 7 segundos. Las imágenes de RMN mostraron que los problemas sociales desactivaban las regiones asociadas con el pensamiento analítico y activaban la red social y viceversa. El estudio tiene un impacto también para el tratamiento de desórdenes como la ansiedad, depresión o esquizofrenia, que están caracterizados por una disfunción social. Los tratamientos, según Jack, necesitan fijarse como meta el reestablecimiento del equilibrio entre estas dos redes. También se podría aplicarse al autismo o al síndrome de Williams, que son dos casos totalmente opuestos de desequilibrio de este tipo. Estos investigadores siguen trabajando sobre esta teoría y qué aspectos pueden afectar a nuestra brújula moral. Puede que el directivo jefe de una compañía que despide gente necesite ser analítico para mantener los beneficios de su empresa, pero según Jack puede perder su brújula moral si se queda atascado en una forma de pensar analítica. Según él es necesario oscilar entre una red cerebral y otra de manera eficiente y usar la red adecuada en el momento oportuno. En los ejemplos dados este investigador asume que el sujeto es un individuo sano, pero no siempre es así. Algunos psicólogos sostienen que el mundo moderno favorece el éxito de individuos que son psicópatas (un 1% de la población) y que éstos medran en el mundo de la política o de la empresa fácilmente. Aunque no se dedican a asesinar gente en sus ratos libres, sí hacen daño y presentan rasgos mentales psicopatológicos claros.
En su primer experimento, Gal y Rucker pidieron a 88 estudiantes que escribiesen sus ideas sobre las pruebas animales para bienes de consumo, pero sólo se permitió a la mitad de ellos usar su mano hábil. Esto puede parecer aleatorio, pero estudios anteriores han demostrado que la gente tiene menos confianza en lo que escribe con la mano con la que están menos cómodos. Efectivamente, esto es lo que Gal y Rucker encontraron en su estudio. Cuando se les preguntó después, los voluntarios que no usaron su mano hábil tenían menos confianza en sus ideas.
No obstante, era también más probable que persuadieran a otros de la misma idea. Cuando se les pidió que escribieran algo para persuadir a otros sobre sus opiniones, aquellos que tenían menos confianza escribieron textos significativamente más largos. Con la sombra de la duda en sus mentes, invirtieron un mayor esfuerzo en su intento de persuasión.
Gal y Rucker también encontraron que este esfuerzo extra se desvanecía si los voluntarios tenían una oportunidad de afirmar su propia identidad de antemano. Si se les pedía que identificaran sus objetos favoritos (libros, ciudades, canciones, etc.) antes de escribir sobre pruebas animales, la elección de la mano no tenía efecto sobre sus intentos de defensa. Si se les pedía que dijeran las cosas favoritas de sus padres, el efecto reaparecía.
En su segundo experimento, con 151 nuevos voluntarios, Gal y Rucker encontraron el mismo efecto. Esta vez, influyeron el grado de confianza de los reclutados pidiéndoles que contasen recuerdos de los que tuviesen gran certeza, y a la otra mitad que contasen recuerdos plagados de dudas. Después se pidió a los voluntarios que dijesen si eran veganos, vegetarianos o carnívoros, qué confianza tenían en su opinión, y cómo de importante era para ellos.
Como se esperaba aquellos que recordaron momentos con incertidumbres, tenían menos confianza en que sus elecciones alimenticias fuesen las correctas. Y como antes, esos mismos voluntarios dudosos defendían sus creencias con más fuerza. Cuando se les pedía que se imaginaran convenciendo a alguien para unirse a su dieta, el grupo con incertidumbre escribió mensajes significativamente más largos y usaron más tiempo para componerlos.
Este experimento – con un método distinto para la manipulación de la confianza, un tema distinto a tratar, y una medida distinta del esfuerzo evangelizador – apoya los resultados del primero. No obstante, el efecto sólo se mantenía entre aquellos cuyas preferencias alimenticias eran importantes para ellos. Esto demostró (tal vez, más esperado) que los vínculos entre la duda y la defensa son más fuertes para las creencias que la gente mantiene con más cariño.
El tercer experimento encontró resultados similares, usando un tema mucho más trivial (bueno, supuestamente más trivial). Gal y Rucker trabajaron con 106 estudiantes quienes pensaban que los Macs eran superiores a los PCs. De nuevo, el par manipuló con éxito la confianza de los estudiantes pidiéndoles que recordasen un incidente previo resolución con toda certeza o duda.
Los estudiantes tenían que imaginarse convenciendo a un usuario de PC sobre los métodos del producto de Apple, pero esta vez, a la mitad se les dijo que estaban hablando con acérrimos usuarios de Windows, y al resto se les enfrentó con parejas de mente más abierta. Como antes, los estudiantes pusieron más esfuerzo al persuadir a su pareja imaginaria si su propia confianza se veían debilitada, pero sólo si el compañero era receptivo.
En los tres casos, Gal y Zucker encontraron que las dudas vuelven a las personas unos defensores más fuertes. Más sutilmente, su estudio demuestra que este efecto es más fuerte su se ve amenazada la identidad de la persona, si la creencia es importante para ellos, y si piensan que otros los escucharán. Todo esto encaja con un patrón de comportamiento donde la gente evangeliza para reforzar sus propias creencias.
Su estudio también divide los actos de los defensores. Pueden tratar, aparentemente, de cambiar la idea de otros pero sus acciones podría tratar igualmente de reforzar sus propias creencias. Como Gal y Zucker escriben:
“La presente investigación también ofrece un aviso a cualquiera que esté en el otro extremo del intento de defensa. Aunque es natural asumir que un defensor persistente y entusiasta sobre una creencia está lleno de confianza, la defensa podría ser un hecho que indica que el individual está lleno de dudas”.
Por Louis Menand para The New Yorker (Traducción vía Tercera Cultura)
Diciembre 17, 2012.
Esto es algo que probablemente usted no sabía de Francia: su presidente tiene el poder de abolir las tareas escolares. En un reciente discurso en la Sorbona, François Hollande anunció su intención de hacer esto para todos los estudiantes de primaria y media. Hollande quiere reformar la educación francesa de otras maneras: mediante la reducción de la jornada escolar y el desvío de recursos a las escuelas de zonas desfavorecidas.Francia clasificó 25º en una nueva evaluación de sistemas educativos de la Unidad de Inteligencia de The Economist (que es parte de la empresa que publica The Economist). Para que se hagan una idea de lo mal que está, los Estados Unidos, cuyos ciudadanos están acostumbrados a que les digan lo mal educados que son, clasificaron 17º.
El decreto del Presidente francés de emancipación respecto a las tareas puede llegar al corazón no sólo de les enfants de la patrie, sino que a los muchos opositores de las tareas en este país como son los padres y los educadores progresistas, que han insistido por mucho tiempo que los niños cargan un enorme peso al tener que dibujer paralelogramos, conjugar verbos irregulares y resumir capítulos de sus libros de texto después del horario escolar, y ello es (las razones varían) un sinsentido, sin relación con el rendimiento académico, quizá con una correlación negativa con el rendimiento académico, y un importante contribuyente al gran mal moderno del estrés. Hollande, sin embargo, no es un educador progresista. Él es un socialista. Su razón para el ejercicio de sus competencias en este ámbito es hacer frente a una injusticia. Él piensa que las tareas presumiblemente da a los niños cuyos padres son capaces de ayudarlos, que son más educados y prósperos, una ventaja sobre los niños cuyos padres no lo son. El Presidente quiere que todos tengan las mismas oportunidades.
Las tareas son una institución rotundamente rechazada por todos los que participan en ella. Los niños la odian por razones saludables y obvias; los padres las odian porque hacen que sus hijos sean infelices -pero no lo quiera Dios, no vayan a tener una evaluación negativa o de otro tipo menos-que-perfecta en ellas-; y los profesores lo odian porque tienen que calificarlas. La calificación de las tareas es la tarea sin fin de los docentes. Comparado con eso, Sísifo era afortunado.
¿Significa esto que sería mejor deshacerse de ellas? Dos cargos en el argumento estándar contra las tareas no parecen ponerse en pie. El primero es que la tarea es trabajo perdido, sin ningún efecto sobre el rendimiento académico. De acuerdo con la autoridad líder en el campo, Harris Cooper, de la Universidad de Duke, las tareas se correlacionan positivamente, aunque el efecto no es grande, con el éxito en la escuela.El profesor Cooper sostiene que esto es más cierto en la escuela intermedia y secundaria que en la escuela primaria, ya que los niños pequeños se distraen con más facilidad. También piensa que no hay tal cosa como la sobrecarga de tareas y recomienda no más de diez minutos por cada curso por noche. Sus conclusiones acerca de la importancia de las tareas se basan en una síntesis de cuarenta años de investigación.
La otra queja sin fundamento acerca de las tareas es que van en aumento. En 2003, Brian Gill (entonces enRAND) y Steven Schlossman (Carnegie Mellon) mostraron que, a excepción de un repunte post-Sputnik a principios de los años sesenta y un pequeño aumento para los más chicos en los años ochenta, después de la publicación de “Una Nación en Riesgo”, por el Departamento de Educación, que prescribía más tareas, la cantidad de tiempo que los estudiantes estadounidenses pasan en ellas no ha cambiado desde los años cuarenta. Y esa cantidad no es mucha. La mayoría de los estudiantes, incluyendo los de secundaria mayores, pasan menos de una hora al día durante la semana escolar de cinco días haciendo las tareas. Los datos más recientes confirman que este es todavía el caso. La tarea no es lo que la mayoría de los niños hacen cuando no están en la escuela.
Al igual que muchos de los debates sobre la educación, lo que Cooper llama “la batalla por las tareas” no es realmente acerca de cómo hacer que las escuelas mejoren. Se trata de lo que la gente quiere que las escuelas hagan. El país con el sistema educativo más exitoso, según el estudio del Economist, es Finlandia. Los estudiantes allí prácticamente no hacen tareas, ni empiezan la escuela hasta los siete años, y la jornada escolar es corta. Se estima que los niños italianos gastan un total de tres años más en la escuela que los finlandeses (e Italia clasificó 24º). El país No. 2 en el mundo, por otro lado, es Corea del Sur, cuyas escuelas se caracterizan por su rigidez agotadora. El noventa por ciento de los estudiantes de la escuela primaria en aquel país estudia con profesores particulares después de la escuela, y los adolescentes de Corea del Sur son sindicados como los más infelices del mundo desarrollado. La competencia es tan feroz que el gobierno ha tomado medidas enérgicas contra los llamados “crammers privados”, por lo que es ilegal que permanezcan abiertos después de las 22:00 (a pesar de algunos intentos de evitar esto disfrazándose de bibliotecas).
Sin embargo, ambos sistemas tienen éxito, y la razón es que las escuelas finlandesas están haciendo lo que los finlandeses quieren que hagan, que es llevar a todos al mismo nivel e inculcar un compromiso con la igualdad; y las escuelas de Corea del Sur están haciendo lo que los surcoreanos quieren, que es permitir que los que trabajan duro salgan adelante. Cuando el presidente Hollande promete terminar con las tareas, hacer el día escolar más corto, y dedicar más maestros a las zonas desfavorecidas, está diciendo que quiere que Francia sea más como Finlandia. Sus reformas sólo funcionarán si eso es, de hecho, lo que los franceses quieren.
¿Qué quieren los americanos? Que no quieren ser como Finlandia es una suposición segura. Los estadounidenses tienen un enfoque igualitario de la desigualdad: ellos desean que todos tengan la misma oportunidad de convertirse en mejores que los demás. En general, para la mayoría de la gente, la escuela es el mecanismo para lograr esto. Sin embargo, Hollande tiene razón. El pequeño y sucio secreto de la reforma de la educación es que uno de los mayores predictores de éxito académico es el ingreso familiar. Incluso las pruebas estandarizadas utilizadas para admisión a la universidad, como el SAT, son esencialmente indicadores de ingresos: los estudiantes de mejor posición económica consiguen las puntuaciones más altas. El sistema educativo se supone que es un motor de reajuste oportunidad y social, pero de alguna manera funciona como un continuador del statu quo.
¿Son malas las tareas? Los partidarios de las tareas dicen que ellas son una manera de hacer que los padres participen en la educación de sus hijos y para llevar la escuela a la casa, y eso tiene que ser una cosa buena. Pero también es probable que (contrariamente a lo que supone el presidente Hollande) los más hostiles a las tareas sean los padres ricos que quieren que sus hijos pasen el tiempo de después de la escuela en tomar clases de violín o yendo al Tae Kwon Do, actividades más enriquecedoras y a menudo más divertidas que la conjugación de verbos irregulares. Los padres menos pudientes tienden a preferir más las tareas, como una forma de mantener a sus hijos alejados de las calles. Si se pudiera ofrecer más allá del horario escolar clases de música, visitas a museos y programas deportivos interesantes para los niños más pobres, se podría abolir la tarea en un minuto. Nadie las extrañaría.
Digámoslo claro desde el principio: los edulcorantes artificiales como la sacarina confunden al encéfalo y pueden provocar que se coma en exceso. Es la conclusión a la que se llega después de una serie de estudios realizados en los últimos años. Ahora un trabajo realizado [1] por Erin Green (Universidad de California en San Diego) y Claire Murphy (Universidad del Estado en San Diego) pone de manifiesto el mecanismo subyacente. Los resultados se publican en Physiology & Behavior.
La clave del hallazgo de Green y Murphy está en el hecho de que el encéfalo procesa los sabores dulces de forma diferente dependiendo de si una persona consume regularmente bebidas refrescantes en las que se usen edulcorantes artificiales, habitualmente conocidas como “light”, “lite”, “diet” o términos similares. Dicho de otra forma: los encéfalos de los bebedores de bebidas light no diferencian adecuadamente entre sacarosa (azúcar) y sacarina (edulcorante).
Green y Murphy reclutaron a 24 voluntarios sanos, 12 de ellos consumidores regulares (al menos una vez al día) de bebidas light, los otros 12 no las consumían nunca o muy rara vez, y los sometieron a resonancia magnética funcional (fMRI) tras 12 horas de ayuno. Mientras estaban siendo sometidos a los escáneres los investigadores bombeaban pequeñas cantidades de agua edulcorada, bien con sacarosa (edulcorante vegetal) bien con sacarina (edulcorante artificial), en orden aleatorio, a las bocas de los sujetos, y se les pedía que evaluasen lo agradable de su sabor.
Tanto los consumidores de productos light, como los que no, evaluaron los dos edulcorantes como igualmente agradables e intensos. Pero las regiones que se iluminaban en los fMRI variaban de forma muy significativa entre un grupo y otro.
Veamos esas variaciones técnicamente primero y después analizaremos qué significa la jerga. A diferencia de los que no, los bebedores de productos light mostraban una mayor activación provocada por el sabor dulce en el mesencéfalo dopaminérgico (incluida el área tegmental ventral) y en la amígdala derecha. La sacarina provocaba una respuesta mayor que la de la sacarosa en el córtex orbitofrontal derecho (área de Brodmann 47) en los no consumidores de bebidas light, pero, y esto es lo más interesante, no había diferencias en las respuestas registradas por fMRI a ambos edulcorantes en los consumidores de productos light.
Por si lo anterior no fuese suficientemente llamativo, dentro de los consumidores de productos light los autores encuentran una correlación negativa entre la activación de la cabeza del núcleo caudado derecho en respuesta a la sacarina y la cantidad de bebidas light consumidas a la semana: cuantas más se consumían menor la activación de esta parte del núcleo caudado derecho.
Para entendernos, las regiones cerebrales afectadas están asociadas con darnos una sensación agradable o de recompensa como respuesta a sensaciones deseables. En el caso de los consumidores habituales encontramos que hay una activación más generalizada, pero independiente de si es light o normal, en las áreas de recompensa.
La disminución de la activación en la cabeza del núcleo caudado derecho con el consumo regular de bebidas light es muy marcada. Y muy importante, ya que este área está asociada con la motivación y el sistema de recompensa de la comida. Es fácil comprender que si este área se activa menos con un determinado consumo de alimento, tenderemos a ingerir más para obtener una respuesta satisfactoria. Se asocia así con el riesgo de obesidad.
Es decir, el consumo regular de bebidas light confunde al encéfalo de tal manera que los sensores de dulzor ya no pueden calibrar de forma fiable cuánta energía estamos consumiendo. Esta sería la explicación de la paradoja de por qué el consumo regular de productos light está asociado con la obesidad. La persona que no es obesa se vuelve obesa, y quien lo es empeora (o no mejora) su condición. Y ello se podría deber a que en la dieta se alternan productos light con otros que no lo son (un ejemplo extremo sería trozo de tarta más café siempre con sacarina).
El año pasado Davidson et al. [2] probaron esto mismo en ratas. Los animales que siempre recibían un yogur light (con sacarina) aprendieron a modular su ingesta de comida para tener en cuenta la falta de aporte calórico del yogur. Pero los animales a los que se les daba alternativamente un yogur light y otro normal, ganaron sustancialmente mucha más grasa corporal.
El encéfalo usa normalmente una relación aprendida entre el sabor dulce y el suministro de calorías para ayudar a regular el aporte de comida. Pero cuando la comida dulce aporta inesperadamente calorías extra, el encéfalo se encuentra con que no sabe qué esperar. Así, este regulador de la ingesta de comida pasa a ignorar los sabores dulces en sus predicciones del contenido energético de la comida, con nefastas consecuencias.
Tres consideraciones finales importantes:
El estudio es lo que es y dice lo que dice. Habrá de ser repetido y aumentar así el número de sujetos analizados y corregir por distintos factores que pueden influir.
No obstante lo anterior, cada vez hay mayor cantidad de indicios que indicarían claramente que hay una relación causa-efecto entre ingesta regular de productos light y obesidad.
Consumir refrescos no light, no es la solución. Véase ¡Ojito con la fructosa!. La mejor bebida para el hombre es el agua, seguida de los zumos de frutas a partir de las propias frutas, sin añadidos.
Referencias:
[1] Green E, & Murphy C (2012). Altered processing of sweet taste in the brain of diet soda drinkers. Physiology & behavior PMID: 22583859
[2] Davidson TL, Martin AA, Clark K, & Swithers SE (2011). Intake of high-intensity sweeteners alters the ability of sweet taste to signal caloric consequences: implications for the learned control of energy and body weight regulation. Quarterly journal of experimental psychology (2006), 64 (7), 1430-41 PMID: 21424985